A Daniela y Daniel, universitarios
Moisés Sánchez Limón/ En realidad ésta es la frase con la que inicia la canción Me gustan los estudiantes, letra y música de la artista chilena Violeta Parra, que se convirtió en uno de los himnos de aquellas movilizaciones estudiantiles de finales de los años 60 y principios de los 70 en México. Era parte del repertorio de la llamada música de protesta.
Y las voces de Mercedes Sosa, recién fallecida, como la de Violeta que se adelantó en 1967, fueron parte básica del coro de la canción de protesta, original y arreglada a modo para un personaje o hecho específico por el que protestábamos.
Hoy, cuando nuevamente los estudiantes alzan sus voces y salen a las calles de la ciudad de México y otras capitales del interior del país para manifestarse como actores que son en el escenario político, vale recordar esos años de convulsión social a manera de respetuosa respuesta a quienes han comentado mis líneas aparecidas en este espacio el viernes de la semana pasada.
Nunca será cuestionable la manifestación estudiantil, de los jóvenes, pues, a favor o en contra de causa o personaje alguno en el contexto político y social. Los tiempos han cambiado y ahora no los corretean las tanquetas ni los halcones; aunque todavía en 1999, tras una larga huelga en contra de las medidas anunciadas por el rector de la UNAM, Francisco Barnés de Castro, fue necesaria la intervención de la fuerza pública para recuperar Ciudad Universitaria, tomada durante ocho meses por integrantes del Consejo Estudiantil Universitario.
Sí, los tiempos cambian y siempre será sana la participación estudiantil, de los jóvenes en el trazo de los derroteros nacionales. Preguntar a los muchachos qué país quieren y qué es indeseable para ellos, es elemental para cualquier gobierno que se precie de valorar al bono demográfico de esta juventud que, el próximo 1 de julio, acudirá a las urnas.
Y, decía, son 18 millones de jóvenes que, en caso de superar abstencionismo y cerrar oídos al llamado al voto en blanco, pueden dar un cambio sustancial en los rumbos que hasta el momento llevan. Ellos mandan, sin duda.
Justo el ex rector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, quien concilió intereses y desactivó la huelga en la máxima casa de estudios del país, cuando el, entonces presidente Ernesto Zedillo Ponce de León lo mandó a relevar en el cargo a Barnés de Castro, dijo acerca de estas nuevas movilizaciones que arrancaron a partir del “iberazo” contra Enrique Peña Nieto, que los jóvenes han demostrado capacidad para organizarse, por lo que es inaceptable tratar de satanizarlos.
Respetable la opinión del doctor De la Fuente, pero los jóvenes siempre han sido capaces de organizarse; lo que ha cambiado es el terreno en el que se mueven. Y lo que prevalece son los vivales que se sirven justamente de esas movilizaciones de estudiantes.
Que hayan tomado las calles estudiantes de instituciones privadas, en consonancia con compañeros de las públicas, debe asumirse más allá de la declaracionitis y discusiones barrocas, con la importancia del caso, porque en unos cuantos años más serán los capitanes de empresa, dirigentes gremiales, directivos, funcionarios públicos, motores de esta fuerza laboral y política que busca un cambio real, concretar la transición y apisonar el terreno de un México en pleno desarrollo y de amplio espectro democrático.
Dice el doctor De la Fuente que, calificar a los estudiantes como porros o infiltrados, es una falta de respeto y el retorno a tácticas represivas del pasado. Sí, pero tampoco se puede pasar por alto que de un movimiento juvenil, estudiantil, genuino, surgen los líderes genuinos y, por lo menos a partir de 1986, cuando se funda el CEU, sus principales líderes han ocupado cargos públicos, incluso como Martí Batres o Inti Muñoz, han sido diputados federales de un partido sustancialmente opositor al PRI.
En suma, en política no hay casualidades. Un movimiento espontáneo siempre está expuesto al río revuelto. ¿Por qué centrar la movilización en descalificar a Enrique Peña Nieto? Es pregunta. Conste.
Al calce, la letra de Violeta Parra
Me gustan los estudiantes
Que vivan los estudiantes,
jardín de las alegrías.
Son aves que no se asustan
de animal ni policía,
y no le asustan las balas
ni el ladrar de la jauría.
Caramba y zamba la cosa,
que viva la astronomía.
Que vivan los estudiantes
que rugen como los vientos
cuando les meten al oído
sotanas o regimientos,
pajarillos libertarios
igual que los elementos.
Caramba y zamba la cosa,
que vivan los experimentos.
Me gustan los estudiantes
porque son la levadura
del pan que saldrá del horno
con toda su sabrosura
para la boca del pobre
que come con amargura.
Caramba y zamba la cosa,
viva la literatura.
Me gustan los estudiantes
porque levantan el pecho
cuando les dicen harina
sabiéndose que es afrecho,
y no hacen el sordomudo
cuando se presenta el hecho.
Caramba y zamba la cosa,
el Código del Derecho.
Me gustan los estudiantes
que marchan sobre las ruinas;
con las banderas en alto
va toda la estudiantina.
Son químicos y doctores,
cirujanos y dentistas.
Caramba y zamba la cosa,
vivan los especialistas.
Me gustan los estudiantes
que van al laboratorio.
Descubren lo que se esconde
adentro del confesorio.
Ya tiene el hombre un carrito
que llegó hasta el purgatorio.
Caramba y zamba la cosa,
los libros explicatorios.
Me gustan los estudiantes
que con muy clara elocuencia
a la bolsa negra sacra
le bajó las indulgencias.
Porque, ¿hasta cuándo nos dura,
señores, la penitencia?
Caramba y zamba la cosa,
que viva toda la ciencia.





