Alejandro Ordóñez.- Ojalá que llueva café en el campo, que caiga un aguacero de yuca y te, del cielo una jarita de queso blanco y al sur una montaña de berro y miel, porque la cosa está que arde y la adaptación de esa bella pieza de Juan Luis Guerra, que hicieron los Tacubos, dedicada a los niños zapatistas de Chiapas, no tiene desperdicio, porque Café Tacuba está compuesto por músicos de a de veras ylo demás es puro cuento; porque el maestro Alejandro Flores le tupe durísimo a la jarana y al violín huasteco y esos falsetes te enchinan el alma. Sones de la tierra, tristezas de la tierra, pobrezas de la tierra que ocasionaron que el primero de enero de 1994, justo cuando entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, que a decir de Carlos Salinas nos llevaría hasta el primer mundo, un grupo de indígenas chiapanecos, hartos de ver que en la montaña los niños se morían de infecciones intestinales, los viejos de gripa y las mujeres de parto, hartos pues de la miseria ancestral, del olvido y la explotación en que vivían, declararan la guerra al Estado Mexicano.
Y los Zapatistas tomaron, al menos por algunas horas: San Cristóbal de las Casas, Altamirano, Las Margaritas, Ocosingo, Oxchuc, Huixtlén y Chanal, y supimos de la sangrienta guerra de Ocosingo y de las Declaraciones de la Selva Lacandona donde exigían respeto a los derechos de las comunidades indígenas, negados durante tanto tiempo, donde pedían también: libertad, democracia y justicia. Conocimos entonces al Subcomandante Marcos y a la Comandanta Ramona, esa formidable mujer tzotzil que para mayor pesar se nos moriría el 6 de enero de 2006, víctima de un cáncer de riñón; y supimos, cómo no, que en territorio zapatista está prohibido el alcohol y maltratar a las mujeres; que entre ellos el pueblo manda y su gobierno obedece. Todo como un preludio de lo que vendría unos meses después, con los infortunados asesinatos de Luis Donaldo Colosio y Ruiz Massieu. El país se le deshacía en las manos a un presidente que nunca vio ni escuchó a la oposición, ni a los indios, ni a nadie, porque manejó a su capricho los asuntos de Estado.
Sí, ojalá que llueva café en el campo, pa que en la Realidad no se sufra tanto, pa que en Villa Hidalgo oigan este canto y los niños lo canten. Los niños y los adultos, pues ya vimos que los movimientos armados no sirven para maldita lacosa y no hay nada como la democracia donde la ciudadanía determinalibremente quién deberá conducir al país y nada de proyectos transexenales que pongan en riesgo la paz social. Que por una vez en su vida los políticos lorecuerden: por encima de ellos están México y los mexicanos; y los intereses personales, familiares o partidarios de la casta gobernante son poca cosa frente a la voluntad nacional que habrá de expresarse en los próximos comicios. Quese olviden de juramentos o de fobias (a los ciudadanos nos valen madres) y las elecciones sean limpias, porque quien nada debe nada teme y no requiere decuidados en su espalda; que no haya arreglos en lo oscurito y los candidatos compitan en igualdad de condiciones, empezando por las económicas y la neutralidad que (si no por ética, al menos por un mínimo de vergüenza y dedecoro), deberían guardar los medios de comunicación, porque muchos no hanestado a la altura que las circunstancias nacionales exigen; que no hayafraudes ni sospecha de ellos, que las autoridades electorales rechacen las presiones que traten de ejercer sobre ellas y reconozcan el triunfo de quien se imponga limpiamente en las urnas, porque es responsabilidad irrenunciabledel Estado respetar el sufragio de sus gobernados; y mientras los políticosresuelven sólo los problemas del corto plazo, los estadistas miran hacia la historia, en este país donde la principal carencia es precisamente la falta de estadistas, porque después de don Benito Juárez y Tata Lázaro Cárdenas, no hay para donde voltear la cara y no se confundan, pues al paisanaje lo tienen sin cuidado esos honores y condecoraciones que otros países les conceden yno nos apantallan los pechos cubiertos de medallas al estilo de Porfirio Díaz, ni serán tampoco todos esos lambiscones que los rodean y los ensalzan los que les den la calidad de próceres, -eso corresponde únicamente al juicio que de sus acciones y omisiones haga la historia-; y ni las cuantiosas fortunas que acumulen durante su gestión, ni el poder que años después sigan detentando, les servirá de mucho. Sí, ojalá que llueva café en el campo…
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